Depresión
Mucha gente no lo sabe, pero hoy jueves 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, con el cual se busca concienciar y llamar la atención sobre la importancia de cuidar de nuestra salud mental y de promover más interés por parte de los gobiernos y las grandes organizaciones en relación con este tema tantas veces olvidado. A menudo creemos que con ejercitarnos, comer bien y tener un horario de sueño regular basta para estar saludables. Nada más alejado de la verdad. Mens sana in corpore sano ("Mente sana en cuerpo sano"), decían los romanos, y tenían razón: cuidar de nuestra mente es tanto o más importante que de nuestro corazón, pulmones o hígado.
La razón por la que escribo esto ahora es porque en los últimos años he tenido que darme cuenta de esta verdad tan fundamental a las malas y me parece beneficioso hablar al respecto. Y es que, como 300 millones de personas alrededor del mundo según la última medición de la OMS, yo sufro de depresión. Fue algo que negué y oculté de mí mismo por mucho tiempo por una combinación malsana de orgullo y vergüenza acompañada del estigma que acompaña a las enfermedades mentales y el buscar ayuda profesional.Yo mismo creía que eso de ir al psicólogo o el psiquiatra era de locos y que la gente "normal" como yo no tenía por qué echar mano de semejantes métodos. Pero por ello me guardé un montón de pensamientos y emociones tremendamente tóxico que me hizo un daño devastador y con cuyas consecuencias aún cargo.
No tengo intención de convertir esta entrada en una bitácora infinita sobre el historial completo de lo que me ha sucedido. Baste con decir que alrededor de la segunda mitad del 2013 o la primera mitad del 2014 empecé a sentir que mi inseguridad y mi baja autoestima crónicas se traducían en algo más insidioso y simultáneamente mucho más profundo: una desazón y una desesperanza constantes; la falta de motivación para hacer lo que incluso antes me apasionaba, terror del futuro, una capacidad cada vez menor para concentrarme. Dormía ocho horas o más y me levantaba sintiéndome cansado y sin energía de todos modos. Y el odio a mí mismo nunca faltaba, por supuesto. Deseaba con todas mis fuerzas dejar de ser yo y convertirme en alguien más. A veces incluso fantaseaba con colgarme en el baño o ingerir cianuro para terminar con el malestar. Esto se extendió con altibajos más o menos hasta el 2016, cuando empecé a sentirme mejor. Creo que tuve suerte de que mi caso fuera moderado y que nunca haya tocado la oscuridad insondable que otros conocen tan bien. Pero seguía siendo un problema que escondí en lugar de enfrentar, y el año siguiente tuve una recaída a causa del fin de mi carrera universitaria que me hizo replantear la forma que había escogido para manejar el tema hasta el momento. Finalmente me animé a buscar la asesoría de profesionales y comencé a ver tanto a un psicólogo como a un psiquiatra. Siento que me ayudó muchísimo. Adquirí perspectiva y pude considerar puntos de vista alternativos sobre mi vida hasta el momento, sobre mi relación conmigo mismo y con los demás. Dejé de sentirme tan abrumado por la incertidumbre y tan insatisfecho con quien era y así pasé la mayoría del 2018, dándome un descanso de las presiones académicas y pensando en otras cosas. Para el comienzo de este año veía mi futuro con mejores ojos y parecía que el tema ya estaba superado en su mayor parte, y así lo expresé en la última entrada que publiqué en este blog hace más de siete meses. ¡Cuán equivocado estaba!
A fines de marzo me mudé a Alemania para comenzar un programa de maestría de dos años. La experiencia ha sido sumamente enriquecedora y gracias a ella he aprendido mucho dentro y fuera del ámbito académico, pero al mismo tiempo sirvió como catalizador para darme cuenta de que la depresión no es algo que se pueda curar en realidad. Siempre está ahí, agazapada, esperando un momento de vulnerabilidad para atacar con todo. Sin el apoyo de la terapia psicológica, la tranquilidad que hallé el año pasado se evaporó y volvieron los viejos sentimientos de aislamiento, de inferioridad, de no pertenecer a ningún lado y de no servir para nada; la impotencia por pensar que los mejores días de mi vida ya pasaron y que ahora sólo me aguardan el fracaso y la abulia. Una vez más me sentía como algo más que una máquina pero algo menos que una persona real, incapaz de lidiar con la existencia y de tener vínculos auténticos con los otros. La habitación en la que me quedaba se sentía a veces como una cárcel. No pude hacer amigos, paralizado como estaba por el miedo a ser rechazado por mi personalidad u objeto de burlas por mi endeble dominio del alemán. Bastaba con recordar algo para que rompiera en llanto de un momento a otro. Empero, mi estado emocional mejoró durante mis vacaciones en Colombia y quise creer que esto quería decir que no iba a volver a sentirme tan mal como hace cinco años; pero las últimas tres semanas antes de volver la presión de los trabajos de final de semestre me arrojó a una espiral de angustia, culpa y miseria tan fuerte que terminé escribiendo todo tarde (cosa que nunca en mi vida había hecho antes), sin las fuerzas para trabajar por días enteros, deseando desaparecer, deseando volver el tiempo atrás para corregir todos los errores que había cometido en el pasado y así quizás ser feliz. Esta experiencia emocional tan difícil me espoleó a poner énfasis nuevamente en ver qué podía hacer para sentirme mejor, y es así que le pedí a mi psicólogo continuar con las sesiones por medio de Skype, pues la última vez me hicieron una falta terrible. También estoy tomando un antidepresivo que me ayuda a sobrellevar mejor el día a día. No se trata de soluciones completas y sé que tendré que poner mucho de mi parte, pero me parece que son un buen inicio. Estoy resuelto a no permitir que mi segundo semestre sea como el primero en lo que respecta a cómo me siento. La depresión es una bestia poderosa (un perro negro, se suele decir), pero hay formas de combatirla. No sé si lo logre del todo exitosamente pero lo quiero intentar.
Ahora bien, ¿a cuenta de qué viene todo esto exactamente? El objetivo que esperaba cumplir con esta pequeña síntesis de mi experiencia con el tema de la salud mental es, por un lado, descargarme y poner en un escrito coherente lo que le he contado a varias personas cercanas de forma mucho más desordenada. Pero por el otro, quiero poner mi grano de arena para demostrar que la salud y las enfermedades mentales no tienen por qué ser un tema tabú y que es necesario hablar al respecto, reconocer que se trata de una crisis de salud pública seria que afecta a incontables seres humanos que sufren en silencio por una inadecuada infraestructura socioeconómica que no tiene cómo lidiar con estos males. No hay vergüenza alguna en estar deprimido. No debe sentirse culpa por no estar feliz todo el tiempo o por no tener la vida bajo control. El que las estructuras sociales contemporáneas privilegien la falsa narrativa del éxito y el individualismo como las claves para la felicidad no quiere decir que haya que someterse a un paradigma tan limitado en lo conceptual y tan pobre en lo emocional. En absoluto. Podemos reconocer que somos vulnerables, que no estamos bien, y hacer lo posible para sentirnos mejor algún día. Se trata de ser humano y nada más, lo cual no nos hace inferiores a nadie, todo lo contrario: en la vulnerabilidad también hay fuerza, a saber, aquélla de darnos cuenta de que no estamos solos y de que en nuestras experiencias comunes, aunque sean negativas, podemos encontrar espacios increíbles para la empatía y la reflexión conjunta. No veo motivo significativo alguno para creer que enfrentar el problema de las enfermedades mentales vaya a ser perjudicial para nadie, sino que antes ha de tener un impacto muy positivo en el futuro. Por supuesto no es algo agradable de admitir o fácil de discutir con los seres queridos, yo lo sé. Pero es mucho peor tragarse ese sapo por el deseo de no incomodar o el temor a ser tratado como paria, como alguien débil que "se hace la víctima". Parte del esfuerzo está en demostrar que esto de ninguna manera es así.
Quisiera acabar enviando unos mensajes a potenciales lectores de esta entrada. A quienes sufren o han sufrido de depresión severa quiero decirles que no pretendo saber por lo que han pasado. Escasamente puedo imaginarlo. Sólo les deseo toda la fuerza para afrontarlo y que haya días donde puedan ver al menos un poco de luz. Hay esperanza. A quienes (como yo) sufren de depresión leve o moderada: los entiendo. No se resignen a creer que se van a sentir así toda la vida. Si no han buscado ayuda profesional hasta el momento, consideren hacerlo pronto. Dénse la oportunidad de buscar maneras para estar mejor. Cuéntenle a su familia y amigos cómo se sienten , pues guardárselo sólo les va a causar dolor. Y a quienes felizmente no han tenido depresión nunca, les imploro que hagan lo posible por ser compasivos y pacientes cuando gente a su alrededor la padezca. No olviden que si estas personas están frecuentemente tristes, apáticas o frustradas no es porque quieren. Ofrézcanles su apoyo, escúchenlas sin juzgarlas. En los momentos de mayor dolor una palabra amable puede ser un bálsamo. Esto es lo poco que he aprendido sobre el tema y lo poco que tengo para compartir, pero no por ello quería dejarlo pasar. Estoy convencido de que si no somos capaces de comprender el sufrimiento por el que pasan los demás y de ver el nuestro reflejado allí, estamos perdidos. Y hay pocas cosas como la depresión y las enfermedades mentales en general para recordarnos esto.
Los dejo con una cita del escritor Matt Haig que vi en Twitter el otro día (síganlo en @matthaig1) y me parece muy consoladora:
"La depresión también es...más pequeña que tú. Siempre es más pequeña que tú, incluso cuando se siente vasta. Opera dentro de ti, tú no operas dentro de ella. Puede ser una nube oscura pasando a través del cielo, pero -si esa es la metáfora-tú eres el cielo. Estabas ahí antes que ella. Y la nube no puede existir sin el cielo, pero el cielo puede existir sin la nube."
Ánimo. Y a quienes lleguen a leer esto, gracias.

Gracias a usted por la confianza y por permitirse ser vulnerable, lo admiro mucho.
ResponderBorrarTodo muy bellamente escrito, te felicito. Sin duda sentirse así es lo peor que puede haber, pero siempre existe la esperanza y la gente dispuesta a ayudar, solo hay que saber buscarlos; y la frase que compartiste, muy hermosa, gracias.
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