Calendario del no-amor

Mentiría si dijera que tengo claro por qué estoy escribiendo esta pseudocronología que combina anécdotas concretas, recuerdos borrosos de épocas particulares de mi vida y especulaciones sobre eventos que todavía no han sucedido. El hilo principal que une estos doce momentos situados cada uno en un mes y año diferentes es un sentimiento: el amor (entendido en sentido romántico) y mi curiosa relación con él. Curiosa porque se ha dado más que todo en términos de una no-relación, una ausencia. No sé qué es el amor, jamás he podido asirlo. En estos breves párrafos que abarcan décadas trato de capturar esa sensación recordando mi pasado, reflexionando sobre mi presente e imaginando mi futuro. Por alguna razón siento que es prudente hacerlo ahora. Aquí va:


Es octubre de 2001. Tengo siete años y estoy en primero. Hace pocas semanas, durante un viaje, conocí a una niña de mi edad que decía que me quería y me perseguía para darme besos. Al ser tan pequeño no pude sino sentir repulsión y rechazarla.  Mis amigos del colegio me molestan por lo que pasó con ella. Esto me enfurece y afirmo con aún más ahínco mi desinterés. Considero que darse besos es asqueroso y que lo chévere es estar solo. 

Es diciembre de 2006. Tengo doce años y estoy en sexto. Ya no pienso como cuando era pequeño. Noto que algunos de mis amigos comienzan a gustarse entre sí. Creo que a mí también me gusta una compañera de clase, pero no se lo pienso decir. No soy bueno tratando con niñas que no sean mis amigas porque me parece que me consideran raro. Comienzo a intuir que no soy atractivo ni por dentro ni por fuera.

Es agosto de 2010. Tengo quince años y acabo de comenzar décimo. En el colegio hay chismes e historias de amor por doquier pero para mí nada ha cambiado. No me gusta en absoluto lo que veo en el espejo, me considero feo y gordo. Quiero ser más como algunos de mis amigos y compañeros para lograr que alguien se fije en mí pero en el fondo sé que no puedo, así que me refugio en el estudio y mis pasatiempos. Mi autoestima es baja. 

Es mayo de 2011. Tengo dieciséis años y estoy por terminar décimo. Me gusta muchísimo una de mis amigas más cercanas y esto me causa una desazón enorme. Sé que no tengo oportunidad alguna pero no tengo el coraje de alejarme ni de confesarle lo que siento. Comparándome con ella me siento más feo y fracasado que nunca. Estoy convencido de que mi vida sería mejor si fuera incapaz de fijarme en alguien de ese modo. Creo con todas mis fuerzas que en la universidad las cosas seguirán igual.

Es abril de 2013. Tengo dieciocho años y ya voy en el segundo semestre de la universidad. La muchacha que desde hace un par de semanas es mi novia sostiene mi mano. Nos besamos. Estoy loco por ella. No puedo creer que alguien haya visto algo de valor en mí. Y aunque sigo siendo tremendamente inseguro y no me abandona la sensación de que todo esto es demasiado bueno para ser verdad y ha de terminar en cualquier momento, me pierdo en ese instante y en lo especial que esos besos me hacen sentir. Me siento feliz.

Es enero de 2014. Tengo diecinueve años y pasé a cuarto semestre. Me carcome la amargura por el fracaso de mi corta relación meses atrás. Siento que mi exnovia jugó conmigo y tengo rabia contra ella, pero no dejo de quererla. En la universidad no me va como espero y estoy decepcionado con mis capacidades intelectuales.  Tengo una envidia tremenda de los demás y sus relaciones, su capacidad de conectar con otros a un nivel profundo. Quiero tener lo que ellos tienen aún sabiendo que es imposible. Mi baja autoestima ha devenido en un poderoso odio hacia mí mismo y todo lo que soy.  Sospecho que empiezo a tener depresión pero no hago nada al respecto. 

Es marzo de 2019. Tengo veinticuatro años y me preparo para irme a hacer una maestría en Alemania. Ahora me siento mucho mejor conmigo mismo y ya no estoy deprimido. Mi perspectiva de las cosas es más clara y amplia. Cargo aún con los recuerdos de lo que pasó hace seis años pero éstos ya no me atormentan. Mi vida sentimental no existe. Casi todos mis amigos íntimos están o han estado recientemente en una relación. Me alegro por ellos, los aconsejo cuando puedo. Ya no los envidio como solía. Considero que el hecho de no tener pareja no se debe a ningún defecto particular de mi parte, sino a que mi personalidad sencillamente no se presta para llamar la atención de las mujeres de esa manera. Esto me da tranquilidad, pues ahora sé que cada quién es como es y sentir vergüenza por ser uno mismo es estúpido y dañino. No obstante, la idea de estar con alguien no deja de parecerme seductora en el papel y me pregunto si mi situación va a cambiar cuando me vaya. Mis seres queridos insisten en que así será. Yo tengo mis serias dudas.

Es noviembre de 2026. Tengo treinta y dos años y acabo de regresar a Colombia después de terminar mi doctorado. Estoy emocionado por comenzar mi carrera como profesor e investigador.  Busco empleo en algún colegio o universidad y un lugar dónde vivir. Mi hermano está terminando la universidad y mis padres continúan trabajando. Disfruté mi tiempo en Alemania, aprendí muchísimo e hice buenos amigos, pero siempre estuve soltero. Intenté salir a citas unas cuantas veces pero no funcionó, nunca hubo "química". Siento una cierta satisfacción porque el tiempo me ha dado la razón. Varios de mis amigos ya se han casado y comenzado sus propias familias. Soy feliz por ellos, pero no siento la necesidad de emularlos. 

Es septiembre de 2040. Tengo cuarenta y cinco años y trabajo en una universidad de Bogotá. Vivo solo en un apartamento sencillo pero cómodo. La mayoría de mis amigos ya tiene varios hijos así que no los veo mucho. También me convertí en tío hace seis años. Le pregunto a mi hermano si es feliz con su pareja y me dice que sí. Paso mucho tiempo con mis padres, que ya se jubilaron. Estoy dedicado a mi trabajo. El poco atractivo físico que me quedaba de mis años de juventud está desapareciendo y me digo a mí mismo con algo de risa que mi cuarto de hora para conseguir pareja ya pasó, así que ahora debo pensar en ello menos que nunca. No le temo a la soledad.

Es julio de 2055. Tengo sesenta años y continúo mi labor como académico. Felizmente mis padres siguen vivos, aunque mi hermano y yo tenemos que cuidar de ellos constantemente. Mis amigos y conocidos tienen varios matrimonios y divorcios a cuestas. Algunos ya son abuelos. Aún me absorbe mi trabajo, pero no puedo evitar sentirme un poco solo de cuando en cuando. Creo que es porque empiezo a envejecer. 

Es junio de 2073. Tengo setenta y ocho años y ahora vivo en Tibasosa, Boyacá. Ya mis padres y varios de mis amigos han muerto. Aunque estoy jubilado, escribo con frecuencia y trabajo en la universidad esporádicamente. El grueso de mis días está dedicado a la lectura y las caminatas. Mi hermano y su familia van a verme una vez al mes. También estoy en contacto con mis amigos aún vivientes, y unos pocos me visitan de cuando en cuando. Me siento en paz y realizado en mi casita, pero la sensación de soledad que me sigue desde hace años se ha acrecentado. He aprendido a asumirla como parte del proceso de hacerse viejo. No sé cuántos años más vaya a vivir.

Es febrero de 2089. Tengo noventa y cuatro años y estoy en mi lecho de muerte. Mi hermano me sostiene la mano mientras su pareja, sus hijos, sus nietos y su primera bisnieta están sentados junto a él. Veo un ramo de flores sobre la mesa de noche y recuerdo sonriente que el último de mis amigos que sigue con vida vino a verme ayer. Sé que me queda poquísimo tiempo. Miro al techo y empiezo a divagar como lo he hecho tantas veces. Estoy satisfecho con mi vida, orgulloso de lo que logré y agradecido por todo lo que tuve, pero en medio de mi agonía no logro alejar de mí el recuerdo de aquel lejano abril donde besé y fui besado, de aquellas noches donde deseé poder dormir abrazado junto a alguien, de todas las ocasiones donde, como si fuera un robot o un extraterrestre, me parecía que un muro infranqueable me separaba de las mujeres e impedía que me vieran como una posible pareja. Vislumbro fugazmente toda una vida alternativa donde tuve varias parejas y donde eventualmente conocí a una mujer con la que estuve muchos años. La imagino sentada en la silla que yo sé en realidad está vacía, tomando mi otra mano y sonriéndome. Pienso con una mezcla de añoranza y curiosidad en aquello que pudo haber sido y no fue. Cierro los ojos por última vez. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Reseña: "Fire and Blood"

Depresión

Diez cosas que aprendí en mis veintes