Nostalgia
Me gusta mucho el análisis que de la nostalgia hace Milan Kundera en la novela La ignorancia, pues parte de recordarnos la etimología de la palabra: viene de unir las voces del griego antiguo νόστος ("regreso") y ἄλγος ("dolor, tristeza"), de modo que la fusión viene a significar algo así como "El dolor o la añoranza del regreso". Y se trata de un regreso en doble sentido. Por una parte, como hábilmente lo expone Kundera, es un regreso en el espacio al sitio al cual creemos pertenecer, la patria o el hogar. En este sentido no hay mayor nostálgico en nuestro acervo cultural que Odiseo, quien por diez años luchó por volver a su amada Ítaca y soportó amargas penurias a causa de ello. Pero por otra es un regreso en el tiempo. En efecto, cuando tenemos un sentido de pertenencia a un sitio en particular lo hacemos siempre con una demarcación temporal más o menos bien delineada. No añoramos un lugar simplemente en virtud de ser ese lugar sino antes bien porque éste se halla inextricablemente ligado con nuestra historia personal, porque allí en algún punto algo nos ocurrió. Trátese de una experiencia singular o de toda una época de nuestras vidas, la nostalgia busca regresarnos a un momento específico en el tiempo de variable extensión. Y puesto que cualquier regreso implica un cambio de lugar, irme de donde estoy para estar nuevamente en el sitio añorado, creo que no tiene nada de extraño afirmar que la nostalgia refleja una aversión al presente, un rechazo al hoy en favor del ayer. El nostálgico empedernido no quiere estar aquí ni ahora, sueña siempre con el allá y el antes que por el paso insoslayable del tiempo se han deslizado entre sus dedos para jamás regresar. Con la posible alegría y paz que trae recordar ese pasado que se añora viene casi siempre un dolor profundo que surge a partir de la consciencia de la pérdida: los buenos tiempos se fueron para siempre y no hay nada que podamos hacer para recuperarlos. Así pues, la tragedia del nostálgico debería resultarnos digna de compasión. Es infeliz, pero lo único que puede remediar su estado está completamente fuera de su alcance. Pero él persiste. Bebe la dulce miel del recuerdo aunque muy pronto se transforme en la hiel de la amargura por saber que es imposible hacer que vuelva a suceder. Y lo que es más, ¿no es a menudo cierto que tanto nuestro nostálgico hipotético como nosotros filtramos el pasado a través de un prisma de bellos colores que nos hace olvidar que también en aquel entonces sufríamos y nos sentíamos frecuentemente insatisfechos? ¿Por qué este masoquismo de idealizar momentos sólo existentes en los recuerdos y los registros a sabiendas de que se hallan fuera de nuestro alcance? ¿Vale la pena alienarse del propio presente para quedarse soñando con nuestra propia Ítaca imaginada?
Mis cavilaciones a lo largo de los años sobre este tema me han llevado a la conclusión de que el fenómeno de la nostalgia es una forma muy útil, cuando no la mejor, para reflexionar sobre la contenciosa relación que los seres humanos tenemos con nuestra historia personal. Pues el grueso de los mortales (me incluyo entre ellos) vive en guerra con su pasado, siempre moviéndose en polos contradictorios que se invierten constantemente. Lo odiamos y lo amamos. Es tanto la fuente de nuestras dichas como la causa originaria de todas nuestras desgracias. Por más que nos cause dolor nos aferramos a él. Pensamos a menudo que si de alguna manera pudiéramos volver el tiempo atrás a esos días bisagra donde "todo salió mal" podríamos acertar esta vez y así nuestra vida actual sería mucho mejor; mas en muchas otras ocasiones queremos dejarlo atrás por completo y negar su influencia en nuestro presente. Pero como no hay acción posible mientras la contradicción en apariencia irresoluble persista, cada uno de nosotros suele adoptar una actitud que se halla en algún lado del espectro en cuyos extremos se hallan dos posturas radicalmente opuestas en relación con el pasado, que considero bien representadas en estos personajes pertenecientes a dos de mis universos ficticios favoritos:
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| "Let the past die. Kill it, if you have to. That's the only way to become who you're meant to be."-Kylo Ren, Star Wars |
En segundo lugar está el Agente Especial del FBI Dale B. Cooper, protagonista y héroe de la serie de culto Twin Peaks (Es una maravilla, por cierto. La recomiendo enfáticamente). Él representa la postura determinista o fatalista frente al pasado, que niega cualquier posibilidad de cambio y le da a lo ya sucedido un peso metafísico abrumador. Va mucho más allá de la conclusión obvia de que lo que sucede hoy es el efecto de determinadas causas que pertenecen a ayer, y esas causas a su vez son efectos de causas de anteayer, y así hasta el cansancio. No, aquí se trata de que lo que ha quedado establecido en el pasado nos ha de marcar para siempre y no hay manera alguna de modificarlo o desviarse del camino trazado. Si algo ocurrió de cierta manera alguna vez, ha de ocurrir idénticamente y de manera necesaria por los siglos de los siglos. Cuán fuerte sería la convicción del agente Cooper y su compromiso con esta filosofía que la única solución que encontró para salvar el día en el presente fue involucrarse con fuerzas sobrenaturales que realmente no comprendía y regresar en el tiempo para intentar darle un vuelco a décadas de dolor y sufrimiento con un solo acto. Al contrario de los "presentistas" que se rebelan contra el pasado y lo confrontan vehementemente, el fatalista se pone de rodillas y se rinde ante su inexorable dominio. Para él las cartas ya están echadas y no tiene sentido alguno intentar buscar rumbos alternativos. Cualquier decisión se convierte en un asunto de vida o muerte pues nunca habrá manera de revertirla, y lo que es peor, independientemente del resultado éste será considerado como inevitable a la luz de todos los acontecimientos que lo precedieron. En esta cosmovisión el hoy y el ahora no son más que un débil destello de luz en la noche eterna del tiempo, el aliento en el espejo que vemos por unos instantes antes de disolverse junto a los infinitos "ahoras" y "hoyes" que lo precedieron, instantes que sólo tienen importancia en la medida en que continúan con la cadena de acontecimientos que inició con nuestro nacimiento.
En alguna medida podríamos decir que esta es una postura que nos libera de la culpa y de la responsabilidad porque cuando sucede algo realmente no habría nada que hubiéramos podido hacer de otra manera para cambiarlo, al fin y al cabo, el acontecimiento estaba condicionado por todos los hechos pretéritos para que así sucediera. Pero tal liberación no trae ningún alivio las más de las veces, pues significa que hemos cedido el control de nuestra vida a las fuerzas abstractas del destino y la causalidad. No hay posibilidad de mejora ni de enmienda y nuestros errores y arrepentimientos van a atormentarnos por siempre. Se vuelve así bastante plausible pensar que la mayoría de las personas nostálgicas pertenecen a esta categoría más frecuentemente que a la de los presentistas (yo sin duda me siento constantemente tentado a abrazar esta postura de la vida). Si el pasado es donde se halla en realidad la esencia de mi presente, si el hoy estuvo siempre contenido en el ayer pero sólo ahora que lo vivo puedo saberlo, entonces por supuesto voy a extrañar aquel momento donde por lo menos existía la ilusión de que las cosas fueran distintas. Y ya que sólo nos damos cuenta de ello cuando ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto, terminamos como un pasajero apurado que llega perennemente tarde a la estación de tren, que ya se ha ido hace rato por más que él corra para alcanzarlo. Es en añorar ese tren inalcanzable que nace el sufrimiento del nostálgico, que ha vendido todo control sobre sus acciones actuales a cambio de poder torturarse pensando en las oportunidades desperdiciadas, los caminos no tomados, los errores garrafales que ya no tienen marcha atrás. Y así el presente termina evaporándose por entero, y su único valor reside en que un día será un nuevo pasado que condicionó el futuro, y éste ha su vez se habrá tornado en presente. Así hasta el cansancio. Me parece que si alguien asume la postura fatalista a cabalidad termina convirtiéndose o en un muerto en vida que no existe sino en el recuerdo, o en un apático que se reconoce como marioneta del azar y la causalidad y vive por eso sin mayores penas, pero también sin gozo. Es otro callejón sin salida.
La pregunta que queda ahora es si es verdad que únicamente podemos ver el pasado desde una versión de estas dos posturas contrarias. No tengo la respuesta. Creo que inevitablemente seremos más afines a una o a la otra en diversos grados y que esto condicionará fuertemente nuestra visión del tiempo. Pero al mismo tiempo quiero imaginarme la posibilidad de que podamos aunque sea momentáneamente liberarnos de estos paradigmas y encarar el pasado de una forma nueva diciéndole: "Eres parte de lo que soy pero jamás todo. Reconozco tu influencia sobre mi vida pero no permitiré que eso me condicione para siempre. Aprecio los momentos maravillosos que veo en ti y lamento los desdichados, pero no me aferro ni a los unos ni a los otros. Los acepto y los dejo ser solamente en el recuerdo, donde deben estar. Y no permito que la nostalgia me arroje a la resignación a lo que soy hoy y quiero cambiar o la negación de lo que fui y sin embargo no puedo eliminar." ¿Tenemos que ser Kylo Ren o Dale Cooper? ¿Será que una relación sana con el pasado que enriquezca nuestro presente tomando lo valioso (aquí también pueden entrar experiencias dolorosísimas) y dejando ir lo dañino que hubo en él es solamente una ilusión, un consuelo deshonesto? Realmente no sé que tan posible sea que lo logremos en el terreno material de nuestras vidas. Pero, caray, creo que vale la pena intentarlo.
En alguna medida podríamos decir que esta es una postura que nos libera de la culpa y de la responsabilidad porque cuando sucede algo realmente no habría nada que hubiéramos podido hacer de otra manera para cambiarlo, al fin y al cabo, el acontecimiento estaba condicionado por todos los hechos pretéritos para que así sucediera. Pero tal liberación no trae ningún alivio las más de las veces, pues significa que hemos cedido el control de nuestra vida a las fuerzas abstractas del destino y la causalidad. No hay posibilidad de mejora ni de enmienda y nuestros errores y arrepentimientos van a atormentarnos por siempre. Se vuelve así bastante plausible pensar que la mayoría de las personas nostálgicas pertenecen a esta categoría más frecuentemente que a la de los presentistas (yo sin duda me siento constantemente tentado a abrazar esta postura de la vida). Si el pasado es donde se halla en realidad la esencia de mi presente, si el hoy estuvo siempre contenido en el ayer pero sólo ahora que lo vivo puedo saberlo, entonces por supuesto voy a extrañar aquel momento donde por lo menos existía la ilusión de que las cosas fueran distintas. Y ya que sólo nos damos cuenta de ello cuando ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto, terminamos como un pasajero apurado que llega perennemente tarde a la estación de tren, que ya se ha ido hace rato por más que él corra para alcanzarlo. Es en añorar ese tren inalcanzable que nace el sufrimiento del nostálgico, que ha vendido todo control sobre sus acciones actuales a cambio de poder torturarse pensando en las oportunidades desperdiciadas, los caminos no tomados, los errores garrafales que ya no tienen marcha atrás. Y así el presente termina evaporándose por entero, y su único valor reside en que un día será un nuevo pasado que condicionó el futuro, y éste ha su vez se habrá tornado en presente. Así hasta el cansancio. Me parece que si alguien asume la postura fatalista a cabalidad termina convirtiéndose o en un muerto en vida que no existe sino en el recuerdo, o en un apático que se reconoce como marioneta del azar y la causalidad y vive por eso sin mayores penas, pero también sin gozo. Es otro callejón sin salida.
La pregunta que queda ahora es si es verdad que únicamente podemos ver el pasado desde una versión de estas dos posturas contrarias. No tengo la respuesta. Creo que inevitablemente seremos más afines a una o a la otra en diversos grados y que esto condicionará fuertemente nuestra visión del tiempo. Pero al mismo tiempo quiero imaginarme la posibilidad de que podamos aunque sea momentáneamente liberarnos de estos paradigmas y encarar el pasado de una forma nueva diciéndole: "Eres parte de lo que soy pero jamás todo. Reconozco tu influencia sobre mi vida pero no permitiré que eso me condicione para siempre. Aprecio los momentos maravillosos que veo en ti y lamento los desdichados, pero no me aferro ni a los unos ni a los otros. Los acepto y los dejo ser solamente en el recuerdo, donde deben estar. Y no permito que la nostalgia me arroje a la resignación a lo que soy hoy y quiero cambiar o la negación de lo que fui y sin embargo no puedo eliminar." ¿Tenemos que ser Kylo Ren o Dale Cooper? ¿Será que una relación sana con el pasado que enriquezca nuestro presente tomando lo valioso (aquí también pueden entrar experiencias dolorosísimas) y dejando ir lo dañino que hubo en él es solamente una ilusión, un consuelo deshonesto? Realmente no sé que tan posible sea que lo logremos en el terreno material de nuestras vidas. Pero, caray, creo que vale la pena intentarlo.


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